Deja que te cuente: La oficina

viernes, 19 de septiembre de 2014

La oficina




Cuando comencé a trabajar en aquella oficina, lo hice con toda la ilusión que se

puede tener al comenzar en algo nuevo. Pero como todo llega a su fin, en pocos días la ilusión, dio paso a los días más tediosos de mi vida. El trabajo no me llenaba, y casi desde el primer día, empezó a ser de un rutinario insufrible. Por suerte, todo tiene su lado bueno. Y ella, tenía todos los lados muy buenos. Solo con su presencia, su mirada y su voz, conseguía alterar mis días, y que llegara con la mejor de mis sonrisas cada mañana. Llenaba cada rincón de la oficina y todos mis pensamientos de fantasías, que en más de una ocasión me metían en un lío. A veces, me encontraba tan ensimismada en mi mundo interior, que interpretaba como sonámbula toda una escena, con diálogos incluidos, protagonizada por nosotras. Y todo, ante la mirada divertida de varios compañeros. Hasta que sus risas y algunos aplausos, me traían de golpe a la realidad. Por suerte, no podían imaginar quien era el objeto de mi deseo. Al menos, eso quería creer. 


El saber que la tendría cerca durante todo el día conseguía que me levantara con ganas de llegar y verla. Iba antes de mi hora, sabía que ella, ya estaría allí. Tomaba de mi mesa algunos archivos y corría a la fotocopiadora. Desde donde podía verla trabajar en su despacho. A esa hora, todo estaba tranquilo y podía perderme en mis pensamientos, donde ella protagonizaba cada una de mis fantasías, sin temor. 

A veces, mientras me hablaba, me imaginaba besando su piel, desabrochando despacio su impecable camisa y llenándola de caricias. Más de una vez le fue necesario llamar mi atención preguntándome si la escuchaba, cosa que me hacía sentir muy avergonzada y hasta creo, que lo notaba y disfrutaba haciéndolo. Hay veces, cuando fija su mirada en mi, en las que creo que consigue saber lo que está pasando por mi cabeza, y noto cómo un calor intenso me invade, al creerme descubierta.
Todo cuanto me hace sentir me domina y cada vez se me hace más difícil de controlar. Trataba de coincidir con ella en el ascensor, en los pasillos. Iba con cualquier excusa a su despacho, había conseguido llenarme la cabeza con su presencia y mi deseo por ella se hacía cada vez más fuerte, más intenso. Lo que habría dado, por pasar solo una noche con ella. Por suerte, no tuve que esperar mucho más. Me encanta cuando el destino juega a mi favor. 


Hubo un retraso en unos pedidos y ese mismo día quería que todo estuviera solucionado. No pensé dos veces el ofrecerme a quedarme, horas extras junto a ella. Y junto con los dos que siempre andan enroscados entre sus piernas, organizó las tareas que debíamos realizar cada uno. Pasamos horas en su despacho los cuatro, tratando de encontrar soluciones. Aunque yo no aportaba demasiado, solo podía pensar en poder quedarnos a solas las dos. 

Me encanta ver como de forma inconsciente juega con su colgante. Y como alguno de sus despreocupados dedos, con caricias furtivas recorren el espacio abierto que deja su camisa. La he visto hacerlo tantas veces. Y tantas veces he deseado que sean mi manos las que acarician su cuello. 


Las horas pasaban, y aunque conseguíamos encontrar soluciones, siempre había algo más que impedía el quedarnos a solas. Empezaba a oscurecer y para mi sorpresa, dijo a los dos chicos que podían marcharse. Nosotras nos quedaríamos para los últimos retoques y quedaría así todo listo. Al fin, a solas. Nos encontrábamos en su despacho, la única luz que permanecía encendida en toda lo oficina. El silencio era absoluto y mis nervios visibles. Su sonrisa, me relajó. Y con una leve inclinación de su cabeza, me indicó que me acercara. Permanecía sentada en su silla. Cuando me hube acercado, me invitó con un gesto suave de sus manos en mi cintura, a sentarme sobre ella. Frente a frente, me rodeó con sus brazos y comenzó a dibujar en mi espalda, con suaves movimientos de sus dedos. Mi mirada se perdía en ese espacio abierto de su camisa. Deseaba tanto sentir su piel. Muy despacio, dejé que mis dedos acariciaran cada milímetro. Empujada por el deseo acumulado, me incline sobre su cuello y lo recorrí con mis labios. Inundando mis sentidos con su olor. Reclinó su cabeza sobre la silla,  cosa que facilitó las caricias de mi boca sobre su piel suave. Allí, sentada sobre ella, sus ojos cerrados y ofreciendo su cuello, sentí que nada más existía. Pasé mi dedo por sus labios, dibujé despacio su boca. Muy despacio acerqué los míos, a los suyos, hasta que pude sentir su aliento en mi piel. Era tan intenso el deseo de besar su boca. Mis labios rozaron los suyos, muy suave. Ella apretó su abrazo, atrayendo mi cuerpo hacia si, con firmeza. Yo tomaba su cara entre mis manos. Y nuestros labios se fundieron en un beso que multiplicó mi deseo por ella. Entonces, el ruido de la puerta hizo que diera un salto. Tropecé y caí quedando en el suelo medio inconsciente. 



Desperté rodeada por varios compañeros, que trataban de hacer que volviera en mi. Entonces, comprendí que me había vuelto a pasar. Me debí dormir durante la reunión de última hora de la mañana. Ruborizada la busqué con la mirada. Me hizo un gesto de desaprobación y bajé la mirada. Me incorporé lo mas rápido que pude y pedí disculpas. Me preguntó si me encontraba bien y me pidió que saliera a despejarme un rato, y que volviera cuando acabara la reunión. Fui al servicio y me mojé la cara. Mirándome en el espejo me reproché lo ocurrido. ¿Cómo había podido quedarme dormida tan profundo que me hiciera caer de la silla y me golpeara con la mesa? Entonces, me asaltó una duda. ¿Habría hecho gala de mis dotes interpretativas y recreado todo lo que pasaba en mi sueño? De ser así, estaba convencida de que la visita a su despacho sería además de para despedirme, hacerme sentir tan avergonzada que desearía que en ese instante cayera un meteorito sobre la oficina. 



Vinieron a avisarme que me esperaba en su despacho. Sentía en mis mejillas un calor intenso. Cuando abrí, note que mi pulso temblaba. Y apenas me salió un hilo de voz cuando pedí permiso para entrar. Me pidió que cerrara y me sentara. Desde su silla mantenía su mirada fija en la mia. Quise hablar para disculparme. Las palabras comenzaron a salir de mi boca tan rápido, que apenas podía recuperar el aliento. Callé de golpe cuando se levantó y se acercó a mi decidida. Cortó mi respiración cuando se sentó sobre mi. Hice intención de hablar y su dedo en mis labios me lo impidió. Y despacio, se acercó para besarme. En ese instante, se hicieron realidad todos mis sueños. 


©Patricia Duboy

2 comentarios:

  1. ¡Me ha encantado! Excitante y elegante al mismo tiempo. Sabes transmitir el deseo a la perfección, de verdad, me ha gustado muchísimo :)

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    1. Muchas gracias por tu comentario tifakurosakiff, me alegra muchísimo que te guste y te haya transmitido tan bien. Besos

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