Deja que te cuente: Nocivo y gris

domingo, 5 de octubre de 2014

Nocivo y gris

Yolanda Rodriguez Fotografías


Había mirado cada fotografía con tanta serenidad y frialdad que no parecía afectada en lo más mínimo. Hacía varios meses que las esperaba, tan solo necesitaba corroborar sus sospechas. Y ahora, que las tenía ante sus ojos, parecía saborear el momento. El silencio se le hizo incómodo al señor del traje gris y pañuelo rojo, que trajo las impresiones y apuntes de cada detalle de los seis meses que llevaba tras Carlos, pues para eso habían sido contratados sus servicios. Malena sacó un paquete de cigarros y un mechero, sin decir nada le ofreció al detective, que con otro gesto rechazó el ofrecimiento. Ella acercó el cigarro a sus labios, coloreados de un vivo rojo que había pintado para que él, la pudiera reconocer. Muy despacio, como si no existiera el tiempo, encendió el cigarro. 

Su mirada se paró entonces en el humo que ascendía lento, permaneciendo durante un instante flotando en el aire para luego desvanecerse y no dejar rastro de su paso ante ninguna mirada. Debía tomar una decisión. Una importante decisión que cambiaría por completo su vida. De nuevo, su mirada en el humo. Parecía hipnotizarla con ese baile lento, sensual y silencioso. Le ayudaba a pensar. Y el humo grisáceo del cigarro parecía saberlo y subía casi parado, contoneándose seductor ante sus ojos. 

El detective comenzó a impacientarse, y miro su reloj varias veces antes de pedirle la cantidad que tenían pactada. Nunca había visto tanta sangre fría, ni tal falta de expresividad en un cliente después de examinar las pruebas de las sospechas por la que solían contratarle. Malena extrajo un grueso sobre del bolso y lo deslizó sobre la mesita de la cafetería donde se habían citado. Este lo tomó nervioso, miró su interior, inclinó la cabeza en señal de despedida al tiempo que se levantaba y desapareció por la misma calle que hacía escasos veinte minutos, había recorrido con las pruebas bajo su brazo hacia la terraza donde se encontraría con su cliente. Malena permaneció unos minutos más allí sentada. Pensando bien lo que haría una vez se alejara de allí. Bebió de su café aún caliente. Una última calada al cigarro y el humo bailó una breve danza de despedida. Dejó un billete en la mesita, suficiente para pagar los cafés, cogió su bolso y caminó despacio y segura hacia el lado contrario por el que había venido. 

Una vez en casa, en su cabeza no dejaban de dar vueltas las fotografías que había estado mirando una y otra vez durante el resto de la tarde. Hacía años que estaba convencida que algo no estaba bien y al fin, hacía ya unos escasos siete meses, se decidió a contratar a un detective. El tiempo, consiguió que mudara el dolor por rabia y era esa rabia mezclada con un odio alimentado desde hacía años, los que la mantenían fría y serena. 

Preparó la cena, su marido no tardaría en llegar. Una reconfortante sopa, que se agradecía en esos días fríos y raros de otoño. Dispuso la mesa y con todo ya preparado encendió la televisión. Al ruido de las llaves en la entrada se levantó y fue a servir la cena. Él dejó sus cosas sobre la silla de la entrada y sin decir palabra, como siempre, se sentó a la mesa. Comenzó a tomar la sopa con ganas, en silencio y tan solo durante breves instantes levantaba la vista para mirar alguna noticia que llamaba su atención. Ella movía la cuchara en su plato, sin comer y con la mirada fija en ese hombre del que odiaba todo. Odiaba su risa, su forma de mirar sobre la montura de las gafas que apoyaba casi en la punta de la nariz. Esa nariz pequeña y respingona, casi diminuta que no hacía nada varonil ni atractivo su rostro. Odiaba sus pequeñas manos, con sus gruesos dedos. Le odiaba tanto que ya ni recordaba si le quiso alguna vez. 

Cuando apenas quedaba rastro alguno de la sopa en el plato de su marido, ella preguntó si le había gustado. El, extrañado, respondió con un gesto de su cabeza pues aun tragaba la última cucharada, y sin saber el porqué, un escalofrío recorrió su espalda. “Demasiado apio quizás”, respondió después de haberse limpiado en la servilleta. Ella sonrió y se levantó a retirar los platos y traer el postre. Un delicioso tiramisú que sabía le encantaba a su marido. Carlos sonrió al verlo y preguntó a que se debía esa atención esta noche. “La última cena del condenado” respondió ella. El no prestó demasiada atención al comentario y tomó el dulce con gusto. Entonces, mientras terminaba el postre, ella dispuso las fotografías sobre la mesa. Él, con la mirada interrogante, las miró sin reparar en ellas. Una mirada más atenta consiguió que un calor subiera desde la boca de su estómago hasta la cabeza. Y comprendió que alguien, le había estado siguiendo durante bastante tiempo. Miró después a su mujer y entendió que podría haber contratado a algún detective y que ahora, ella lo sabía todo. 

Malena no había dejado de hablar ni un segundo, aunque él no le prestaba atención. Decenas de preguntas se agolpaban en su cabeza que le comenzó a doler y entonces, reparó en algo que le dijo: “La ultima cena del condenado”. Y de nuevo un escalofrío le hizo estremecer. Y una palabra vino a su cabeza; veneno. Y la miró con el rostro desencajado y muy abiertos sus ojos. Ella no dejaba de hablar y el seguía sin escuchar. Sintió su boca seca y como la garganta se le cerraba. Quiso levantarse y sus piernas, ya paralizadas, le hicieron caer. “No tenía apio para la sopa” dijo ella. Carlos comenzó a sentir como cada vez se le hacía más difícil poder respirar. “Le eché cicuta en su lugar” confesó al fin, “son tan parecidos que los he debido confundir. Pero no temas, en breve todo habrá acabado” añadió. Le miraba desde el suelo, sin poder moverse y una lágrima recorrió su rostro al saber que su vida terminaba.

En silencio y con mucha calma, Malena encendió un cigarro que fuma sin apartar la mirada de su marido. Y observa luego el humo ascender despacio. Y sin dejar de mirar cómo se le escapa la vida, comienza a hablar serena. “¿Sabes? Mi vida contigo ha sido como el humo de este cigarro. Efímero, insignificante y gris. Nocivo y apestoso” Y dejó que el humo, bailara de nuevo para ella.


©Patricia Duboy

2 comentarios:

  1. Ese humo nocivo de un amor efímero, un amor que muere por la traición, me gustó la imagen de la mujer fría en la que ella se había transformado.

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    1. Da miedo alguien tan frío, aunque tenga motivos alimentados durante años

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