Deja que te cuente: Batalla ganada

lunes, 15 de diciembre de 2014

Batalla ganada





Avanza ligero y silencioso, amigo de la noche y la tormenta. Con las velas desplegadas, el fuerte viento y el oleaje lo acercan veloz a la costa, donde atacarían por sorpresa y sin compasión. Víctor “El salvaje” da la orden y con una eficiente maniobra, quedan los doce cañones de estribor apuntando impasibles a la colonia que da cobijo al oro que ha llevado hasta allí al pirata más temido desde hace diez años, dueño y señor del mar. Los soldados dormían ajenos al peligro que les acecha, un pequeño grupo se resguardaban de la tormenta que se anunciaba desde el horizonte con truenos y relámpagos, descuidando la vigilancia, confiados en que ningún pirata se atrevería a atacar en una noche como esa. Sin duda, la fama de Víctor “El salvaje” no había llegado al lugar y sin duda, lo haría de la peor manera.
Entonces, entre truenos y relámpagos un grito “¡No dejéis a nadie con vida!” anima a los hombres a iniciar una nueva batalla llena de horror. Varios hombres abrieron fuego con los cañones, destrozando la fortaleza y alertando a los soldados que descansaban dentro y que asustados y desconcertados corrieron torpemente hacía sus puestos. En cubierta la actividad era frenética. Un grupo de piratas disparaban con sus mosquetes a todo aquel que se ponía a tiro. Luego, en el momento exacto, Víctor “El salvaje” acompañado de sus mejores hombres en la lucha cuerpo a cuerpo, alcanzó la orilla. Armados con pistolas, dagas y alfanjes asaltaron la colonia dejando…

“¡Pero qué diablos! ¡Maldito seas una y mil veces! ¡Despierta!” Gritó una voz que aunque poderosa, sonaba lejana.
Ernesto, que se había quedado dormido mientras relataba una nueva aventura de su personaje más conocido y que le había dado merecido renombre, no podía creer que esa voz fuera la de Víctor “El salvaje”. Incrédulo y somnoliento se frotó los ojos y miró a su alrededor. No vio a nadie. “Tengo que dejar de escribir hasta tan tarde” pensó. Se quitó las gafas y se puso en pie dispuesto a ir a la cama. Cuando se acercaba a la puerta de nuevo la voz de Víctor que le ordenaba con evidente desprecio.
¿Donde crees que vas, maldito? ¡Siéntate y acaba de escribir! ¿Piensas que puedes ir adormir mientras me encuentro en medio de una batalla? Debo estar soñando  se quiso convencer. Eres producto de mi imaginación, solo existes en mi cabeza. –Dijo entre incrédulo y aturdido
¿Y qué haces hablando conmigo entonces? ¡Te digo que te sientes y acabes de una vez esta batalla o atravesaré tu piel con mi daga, arrancaré tus entrañas y las tiraré a los peces! Deja de gritar. Te repito que sólo estás en mi cabeza. Voy a dormir, he trabajado sin descanso durante años, hoy no. Esta vez no. Necesito dormir. No eres nadie sin mí, maldito estúpido. Todo lo que tienes y todo lo que eres, es gracias a mí. ¡Vuelve aquí y termina esta batalla!
Ernesto se pasó nervioso la mano por el pelo. Estaba cansado, quería dormir y quería dejar de escuchar la voz de ese despreciable pirata que se pensaba dueño del mundo.
Está bien, lo haré. Pero calla de una vez. ¿Quieres que acabe esta batalla? La acabaré.
Volvió a sentarse en su escritorio y continuó narrando la batalla, deseoso de concluir para al fin poder dormir.


Lo tormenta se acercaba. Víctor “El salvaje” sin darle la mínima importancia continuaba matando sin piedad a todo el que se interpusiera en su camino. La lluvia comenzó a caer con fuerza, el fuerte viento, los truenos y relámpagos no cesaban, dándole un aspecto aterrador a la escena. Al fin, la batalla terminó con el grito victorioso de los piratas que no dejaron ni una pieza de oro por cargar en las bodegas. Así, con un peso excesivo pusieron rumbo mar adentro. Pero la tormenta era demasiado intensa. A estribor, el imponente acantilado los atraía con violencia. La tripulación no lograba dominar la embarcación que se acercaba sin remedio a las rocas. El fuerte oleaje lo arrastraba y empujaba hacía las rocas, donde se estrelló dejando el casco destrozado. El peso de todo el oro que con tanta saña habían arrebatado matando sin piedad, los arrastró rápidamente a lo más profundo del mar de forma que resultaba imposible que alguien escapara con vida. 
Los días de terror del Víctor “El salvaje”, golpeado de forma incesante contra las rocas, y el de todos sus hombres, habían llegado a su fin. 

Escrito esto, Ernesto se aseguró de guardar el archivo y se quitó las gafas. Mientras se ponía en pie, escuchó de nuevo la voz del más despreciable pirata “¡Maldito seas una y mil veces!”. Ernesto, dirigiéndose hacia la puerta respondió sin mirar atrás. “Así ya no me volverás a despertar. Dime ahora quien depende de quién”.


©Patricia Duboy

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