Deja que te cuente: Esa delgada línea III

jueves, 9 de abril de 2015

Esa delgada línea III


         A la primera parte                                                        A la segunda parte




Empecé a salir más tarde para la oficina y evitar así cruzarnos. Había pasado algo más de una semana en la que no había dejado de sentir esa atracción hacía ella. Mi deseo aumentaba, y como podía trataba de matar ese sentimiento. Es un error enamorarse de alguien que no te corresponde. ¿Quién no sabe eso? Pero cuantos habremos cometido ese error. Me siento incapaz de apagar las llamas que han prendido este amor fatuo en mí.

Al menos, no sé si por lo ocurrido, había acabado por fin con los golpes y ruidos a deshoras. Aunque ya podía tirar la pared entera que no llamaría a su puerta. Y volví a mis reparadoras siestas, mis largas llamadas telefónicas y mi música. Pasaron unos días más en los que me olvidé por completo de lo ocurrido. A esto me ayudó el tener la cabeza saturada con varios proyectos y las visitas continuas de Lydia. Su pareja llevaba unos días fuera, el trabajo la obligaba a viajar más de lo que le gustaría y a Lydia le costaba volver a casa para estar sola. Así, hacía tiempo en la mía, cualquier cosa por retrasar la vuelta a una cama vacía. En una de esas tardes se cruzó con mi vecina, de quien ya le había contado lo ocurrido y de lo que rio con ganas. Entró pidiendo disculpas.

— No volveré a reírme, también yo le habría besado.
— ¿De qué hablas?
— Acabo de ver a tu vecina —dijo y fingió que silbaba. —Cuesta creer que sea tan borde como me has contado. Deberías hablar con ella y aclarar las cosas.
 — Estoy convencida de que si la vuelvo a ver, intentaré besarle de nuevo.
— ¿Y qué puedes perder?
— Cualquier cosa, si vuelve a abrir con el taladro en la mano.
— Si estás loca por ella
— Eso no es cierto
— Me ha preguntado por ti
— Y ¿qué te ha dicho? —su carcajada me hizo comprender que se burlaba y que tenía razón, estaba loca por ella.

Las tardes con Lydia hacían las horas más livianas, empezó a venir con una botella de vino, y se hizo costumbre cenar juntas. Hasta el viernes que volvió su pareja y se acabaron nuestras tardes. Pasé el sábado pensando en serio hablar con mi vecina y disculparme. Y aquella misma noche lo hice. Lydia me había dejado más botellas de las que pudimos beber y tomé una para cenar. Estaba en ese punto en el que eres consciente de todo cuanto haces, pero no te importan nada las consecuencias. Llamé a su puerta.

— Hola… —busqué en mi memoria el momento en que me hubiese dicho su nombre. Hasta que recordé que nunca me lo dijo. —¿Cómo te llamas?
— Ana Isabel
— ¡Joder! Vaya nombrecito. —Quizá fue el alcohol que no me dejaba apreciar con claridad, pero me pareció que ella se mostraba diferente.
— Me dicen Anais —dijo con una sonrisa. —¿Estas borracha?
— ¿Anais? Eso suena mejor. Sí, he bebido un poco. Así que deja que te diga algo antes de que se me pase el efecto. —La sonrisa de sus labios no se borraba, tampoco recordé haberla visto sonreír antes, y a pesar del alcohol empecé a sentirme nerviosa. —Anais, quería disculparme por lo que pasó aquella tarde. Ojalá pudiera decir que también estaba borracha y no pensé lo que hacía. Aunque fue un impulso que no pude evitar en ese momento, no debió haber pasado. —Su mirada en silencio me estaba poniendo cada vez más nerviosa, y las palabras me salían con tanta velocidad que me costaba creer que no se me trabaran.
— ¿Me invitas a una copa?

Entonces enmudecí. Quise adivinar sus intenciones, pero con lo que había bebido no resultaba conveniente hacerlo. Nos sentamos en el sofá y serví el vino. Lo que a continuación me dijo me sorprendió más aún.

— Soy yo quien debe disculparse. Tú solo tratabas de ayudarme y no debí reaccionar así. —No podía creerlo, debía haber bebido mucho más de lo que pensaba.
— No te disculpes, no debí abordarte así
— Mi reacción fue desmedida. No estaba en un buen momento y cargué mi rabia contra ti. —Ahora estaba segura, no era por el alcohol que inundaba mi cuerpo, ella había cambiado. Se estaba sincerando conmigo y todos los días que había pasado tratando de olvidar lo que sentía, desaparecieron de mi recuerdo en ese mismo instante.

Estuvimos hasta bien entrada la noche hablando y bebiendo, y no sé si fue el vino o ese momento tan íntimo que estábamos teniendo, pero mi boca volvió a buscar a su boca. Y esta vez, ella no me apartó.

— No he estado nunca con una mujer —me dijo entre besos.
— ¿Quieres que pare? —susurré sin dejar de besarle.
— No, no quiero

Amanecimos desnudas y con resaca en mi cama. La luz del día suele hacer que te arrepientas de lo que haces en la noche. No era mi caso, pero temí que fuera el de ella. Y con esa incertidumbre esperaba a que despertara, y me quitara esa duda. Pero no podía esperar mucho más, así que la bese en la frente. Abrió sus ojos despacio y me regaló una sonrisa que arrancó a la mía. Y nuestros labios se buscaron de nuevo, esta vez sin la excusa del alcohol, y solo embriagadas por el deseo. Aquel domingo casi no salimos de la cama. Y los meses que siguieron fueron los más intensos de mi vida. Pasábamos juntas todo el tiempo libre del que disponíamos. En su casa. En la mía. En su cama o en la mía. Llenándonos de miradas y besos. Caricias que erizaban la piel y risas que eran la mejor música.

Hasta que una tarde después del trabajo, extrañada de que no diera señal alguna durante toda la mañana, llamé a su puerta. Abrió una señora mayor a la que pregunté por ella. Y esta, dando una voz hacía el interior del piso la llamó. Y permaneció ahí en la puerta cuando Anais hubo llegado.

— Hola, ¿necesitas algo? —No entendí nada. —Es la vecina mamá —le dijo a la mujer que seguía en la puerta y que al escuchar eso se volvió para adentro.
— Pensaba que comíamos juntas.
— Gloria, ha venido mi familia. No te he podido avisar antes. No podremos vernos estos días. —Dicho esto cerró sin darme opción a nada.

Estuve un rato parada frente a su puerta, intentando entender lo que había pasado. Me pareció lógico pensar que no le había contado a su familia que estábamos juntas. Y entendí que ella no quería que lo supieran.

En los días que continuaron a aquella tarde, ni una sola llamada, ni un mensaje. Nada. Ni siquiera respondía a los míos. Hasta que en la mañana del domingo siguiente llamó a mi puerta. Me abrazó y besó como si nada hubiera pasado. Me aparté y una vez dentro le pregunté.

— ¿Esto va a ser así cada vez que venga tu familia?
— Gloria, entiéndelo. ¿Sabes lo que supone que les cuente esto?
— No sé si quiero una relación en la que tenga que estar escondida.
— ¿Me estás dejando?
— No Anais, solo digo que no sé si quiero esto así. ¿Te basta a ti con esto? ¿Qué pasará cuando lleguemos a vivir juntas?
— ¿Vivir juntas? —dijo con una sonrisa que no supe interpretar bien el significado. —No habrás pensado…
— ¿Qué soy para ti, Anais? —No supo responder o quizá no quiso y su silencio me partió el corazón.

Le pedí que se fuera. Cogí una botella de vino y llamé a Lydia que no tardó en llegar. Le conté lo ocurrido y estuvo conmigo hasta que tuvo que volver a casa. Su pareja salía de viaje de negocios esa misma tarde y comerían juntas antes de partir. Esos días sin su mitad, le permitieron estar más tiempo conmigo. Y volvieron nuestras tardes de vino y contarnos todo, pero esta vez la compañía de Lydia no era suficiente. Necesitaba ocupar mi cabeza y me volqué en el trabajo. Eso ayudó a que me ascendieran y me trasladaran a una oficina más céntrica. Así que decidí dejar el piso y buscar algo más cerca del trabajo que no me costó encontrar. Con la ayuda de Lydia en un par de tardes, ya tenía todo embalado y listo. Los chicos de la mudanza llegaron pronto en la mañana del sábado. Y para las cosas más delicadas se ofreció Lydia a llevarlas en su coche. Salía del piso con la última caja que dejé en el suelo para cerrar la puerta. Y mientras buscaba la llave, Anais abrió la suya. Hasta ese día no la había vuelto a ver y un calor intenso me invadió desde dentro.

— Gloria… Hola. —Nos miramos en silencio durante unos minutos en los que sentí como me agarraban el estómago en un fuerte puño. —¿Te mudas? —dijo casi en un susurro que rompió el silencio.
— Sí, me han trasladado y…
— No sabía que te ibas.
Volvimos a mirarnos en una conversación muda, sin decirnos nada y diciéndonos todo. Ese silencio lo rompió Lydia, que volvía a buscarme al ver que tardaba en bajar.
— ¿Gloria…? —calló su pregunta al vernos allí. —Esa es la última ¿verdad? —dijo mientras cargaba la caja del suelo. —Te espero abajo.
Y cuando se hubo marchado, volvimos al silencio de nuestra mirada. Sentí deseos de abrazarle pero su pregunta me detuvo.
— ¿Estás saliendo con ella?
— ¿Con Lydia? —pensé unos segundos la respuesta. —Sí… —mentí.
— Me alegro… —mintió.

Y una sonrisa amarga se dibujó en nuestros labios. Nunca había sentido a mi corazón latir tan fuerte. Me pareció que quería escapar de mi pecho para correr a aferrarse al suyo. Tan fuerte latía que en uno de sus impulsos me empujó hacía ella, y ella levantó sus brazos para sostenerme. Y nuestros cuerpos, que no atendían a razones y no aguantaban más, se abrazaron. La estreché con fuerza en mis brazos, con deseos de llevarla conmigo. Al sentir su calor cerré los ojos, y le rogué a mi memoria que no olvidara este momento.



Fin



©Patricia Duboy

2 comentarios:

  1. Hola Patricia, bueno, el amor que parecía serle esquivo a la protagonista, terminó siendo correspondido, muy buen relato.
    Abrazos!

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    1. Amor correspondido sin buen fin. Gracias Alejandra! Besos

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